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Tío Vania, del Teatro Estable Castellano (T.E.C.)


Breve historia

El Teatro Estable Castellano (T.E.C.) recogió en 1978 el testigo dejado por uno de los grupos más importantes del Teatro Independiente español —el Teatro Experimental Independiente (T.E.I.), heredero directo, a su vez, del Teatro Experimental de Madrid (T.E.M.)— dándole una evidente y muy voluntaria línea de continuidad tanto en lo que se refiere a sus propuestas escénicas como al núcleo esencial del equipo.

De alguna forma, el T.E.C. puede inscribirse en el marco de los intentos de algunos de los principales grupos por desarrollar proyectos de naturaleza diferente a los modelos que habían sido habituales en el Teatro Independiente hasta entonces y que resultaran viables en el marco de la nueva situación política y social del país.

Tras abordar con Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca, su primera producción, el T.E.C. eligió para su segundo proyecto una de las obras más importantes de un autor, Anton Chejov, particularmente relacionado con el sello “stanislavskiano” que William Layton había imprimido al T.E.M. y al T.E.I., con todo éxito y rigor, desde principios de los años 60, y que era materia prima habitual en el trabajo de laboratorio del grupo.

Se ha repetido que el alcance de Tío Vania trasciende largamente su argumento (el sacrificio inútil, trabajando en una lejana finca, de Vania y de su sobrina Sonia para beneficio de dos egoístas: el padre de esta, Serebriakov, y su segunda esposa, Elena), así como fronteras nacionales y temporales.

En ello insistieron algunos de los principales responsables del montaje: “son temas de todos los tiempos” (ABC, 25-11-78), “la historia de unos seres humanos a los que no les dejan vivir, personajes que a través del tiempo se hacen actuales” (El País, 28-11-78), subrayará en ambos casos William Layton; “su tema son los seres humanos. Mejor dicho, lo que pasa ‘por dentro’ a los seres humanos”, añadirá Enrique Llovet (ABC, 25-11-78).

Algún crítico se empeñó en sostener que la pieza de Chejov “es como un documento histórico”, porque “ya no existen aquella sociedad, ni el comportamiento humano se ajusta a las pautas que inspiraron sus conmovedores retratos humanos”, si bien, con algunos peros, elogió la puesta en escena: “Layton ha montado el espectáculo como un trabajo de equipo excelente. Eso le da veracidad, ritmo, aspecto de vida vivida” (Lorenzo López Sancho, ABC, 6-12-78).

Sin embargo, otros recordaron que, aparte de la incuestionable universalidad del teatro de Chejov, su teatro retrata una sociedad en transición, que es lo que era la España de aquellos años.

En todo caso, la abrumadora mayoría de la crítica especializada no ahorró elogios al espectáculo: “No hubo en la cartelera teatral de este año en Madrid, un espectáculo de tan perfecta hechura, de tan acabada construcción. Tampoco guarda la memoria de temporadas recientes un trabajo de actores tan disciplinado, tan respetuoso en su forma de establecer relación con la interpretación de los otros, tan desprovisto de divismo, tan lleno de pasión y calidad (…); “en la dirección invisible de Layton” sobre la interpretación radica “una de las más atractivas virtudes del espectáculo” (Moisés Pérez Coterillo, Pipirijaina, septiembre/octubre, 1979). Pedro Altares fue particularmente directo: “Decididamente, una obra maestra” (Informaciones, 28-11-78)

Ficha artística