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Paraphernalia de la olla podrida, la misericordia y la mucha consolación, de Ditirambo


Breve historia

Después de tres primeros tanteos con un montaje de creación propia y sendas dramaturgias sobre textos de Arthur Miller y Esquilo, la Paraphernalia de la olla podrida, la misericordia y la mucha consolación supuso el auténtico pistoletazo de salida del muy singular estilo teatral de Ditirambo, calificado muchas veces como ceremonial, ritual o de “liturgia de la corrupción”.

Se estrenó en octubre de 1972 durante el VI Festival de Teatro de Sitges (Barcelona), donde causó tanta controversia que hubo incluso un intento de excluirlo de la convocatoria del premio asociado al evento, lo que no ocurrió por la vehemente oposición de un significativo conjunto de críticos especializados.

No era la primera obra escrita por Miguel Romero Esteo, autor muy vinculado a la trayectoria de Ditirambo, pero sí la primera que se estrenó. Tiene lugar en un manicomio regido por monjas y en el que una especie de rito diario consiste en la preparación y consumo de una "olla podrida", un guiso tradicional que termina siendo una repugnante mezcla de corrupción y decadencia. La irrupción de un aprendiz que trata de aplicar ideas renovadoras genera una violenta oposición de monjas y cocineros que se salda con la aniquilación del joven.

Vista en la distancia, la referencia a la situación política española de la época parece meridianamente clara. Sin embargo, buena parte del público progresista de entonces, más proclive a celebrar las apuestas de “teatro popular”, reaccionó en contra del espectáculo por considerarlo demasiado elitista, formalista y hermético (un juicio, este último, que al parecer no compartió el grupo fascista que apedreó los cristales del Teatro Goya con ocasión de su estreno en Madrid).

Las críticas, bastante numerosas, que el espectáculo generó revelan una general coincidencia en que este resultaba desconcertante, provocador y agotador para el público. Ditirambo quiso ser muy fiel al texto de Romero Esteo, proponiendo una puesta en escena escenográficamente muy simple, muy basada en el trabajo de los ocho intérpretes y, sobre todo, en el irrefrenable barroquismo del estilo dramatúrgico de Romero Esteo. Sin duda, la propuesta era muy exigente para los estándares de la época, tanto por su estilo como por el hecho de que, a pesar del intento del grupo por condensar las más de 300 páginas del texto original, el espectáculo —voluntariamente muy repetitivo—, podía durar hasta tres horas y media, si bien lo fueron reduciendo hasta dejarlo en una hora menos.

Por descontado, una parte de la crítica más conservadora reaccionó frente a ella con indisimulada hostilidad, afirmando que revelaba una “inmadurez filosófica (…) teatro de adolescencia”” (Carlos Luis Ávarez, Arriba, feb.-1973), “se nos tuvo en maceración durante dos horas” (Adolfo Prego, ABC, feb..-1973), “una algarabía de expresiones desarticuladas, de una palabrería imprecatoria (…) demasiado fácil” (José Mª Claver, Ya, feb.-1973).

Sin embargo, otros críticos especializados, también de medios “de orden”, fueron mucho más ecuánimes y respetuosos: “teatro diferente que sirve para quitar telarañas a la pobre imaginación” (M. Díez Crespo, El Alcázar, feb.-1973), “un avanzado intento de experimentación escénica” (Alfredo Marqueríe, Pueblo, feb.-1973); “nunca he visto ir a nuestro teatro tan lejos, ni de modo tan audaz e inteligente" (Fernando Lázaro Carreter, Gaceta Ilustrada, 1973).

A su vez, la crítica progresista, sin ocultar el reto que el espectáculo suponía por sus reiteraciones y su lentitud, o las encontradas reacciones que se registraban entre los espectadores, recibió la propuesta de Ditirambo con interés casi unánime: “un espectáculo terrible y dolorosamente nuestro” (Ricard Salvat, TeleXpress, oct.-1972), “un espectáculo dramático muy lejos de lo corriente, dotado de una grandeza que a veces llegaba al escalofrío” (Julio Manegat, El Noticiero Universal, oct.-1972), “es una liturgia irritante y obsesiva (…) el trabajo que ha realizado Ditirambo sobre el texto es excelente y está a la altura que el propio texto exige. Muy particularmente, por su estudio y tratamiento de las voces, la densidad del clima conseguido y el tono de la interpretación” (Moisés Pérez Coterillo, Primer Acto 52, 1973); “extensa, discutible y contradictoria Paraphernalia, estupendamente montada, con visible penuria material, por el grupo Ditirambo” (Demetrio Enrique, Reseña, mar-.1973); “el trabajo del grupo Ditirambo es excelente” (José Monleón, Triunfo, 17-02-73).

Aunque los comentarios sobre el nivel de exigencia del espectáculo hizo seguramente que los gestores de la época no se atrevieran a programarlo o a ponerlo en cartel más allá de una o dos representaciones (algo acentuado, además, porque en ocasiones estaba acogido a la reglamentación sobre el Teatro de Cámara y Ensayo), consiguió llegar a las 34 funciones en un conjunto muy amplio de localidades españolas (Madrid, Barcelona, Valladolid, Badajoz, Huelva, Salamanca, A Coruña, etc.), a veces en la marco de festivales, y hasta fue incluido en una semana sobre teatro español celebrada en la Universidad de la Sorbona de París en noviembre de 1972.

Ficha artística