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Parece cosa de brujas, del T.U. de Murcia


Breve historia

Tras la original y muy comentada experiencia de El Fernando, César Oliva, director de T.U. de Murcia, propuso a Jerónimo López Mozo y a Luis Matilla que escribieran un texto acerca de la brujería y sobre el intento del poder de aprovecharse del miedo a una Inquisición que intentaba hacer patente su capacidad represiva en la España de los siglos XVI-XVII.

Así nació Aquel Arresambenitos, más tarde titulado Parece cosa de brujas, en la línea del esperpento valleinclanesco, pero adecuada en sus contenidos a la situación española en la que se estrenó.

Parece cosa de brujas continuó la línea de trabajo que se inició con El Fernando, si bien reduciendo a dos el número de autores —habían sido ocho en la obra sobre El Deseado— e integrando a estos en el grupo desde la concepción del espectáculo.

Con este montaje, el T.U. de Murcia inició un nuevo concepto de trabajo: no se trataba ya de una colección colectiva, puesto que cada integrante se responsabilizaba de su propia parcela de creación (escenografía, texto, dirección, interpretación, etc.), pero sí de una colaboración total, en la medida en que, de manera compatible con esa especialización, todos los miembros del grupo iban haciendo aportaciones a la concepción del espectáculo.

Si Parece cosa de brujas se benefició de un modelo (El Fernando) que no se quería repetir, pues abría una nueva vía de trabajo, salió perjudicado por comparación. Cuando se estrenó en el Festival de Sitges, toda la crítica lo comparó con El Fernando, que el año anterior había ganado el certamen. Se le acusó de improvisación y falta de madurez, aunque también se valoró su plasticidad, su recreación cuasihistórica de sucesos que, quizá, sucedieron y su sentido popular.

José Monleón dijo en Triunfo (16/2/1974) que “en Parece cosa de brujas existe una casi desesperada voluntad de que la anécdota descubra a cada paso su función de alegoría, violentándose textos, personajes y situaciones, o intercalándose canciones de letra reveladora, a fin de que no exista el menor equívoco. Es una sociedad ‘inquisitorial’ la que se denuncia, y a los espectadores se nos invita a la identificación de las nuevas víctimas y verdugos. (…) Los autores de Parece cosa de brujas plantean un texto que ni profundiza en los hechos denunciados ni en su posible aplicación a la época presente. Todo anda un poco a mitad de camino, con tendencia al esquemático dogmatismo que permita la ‘traslación’ de cualquier personaje o cualquier escena. Si a esto añadimos la ‘intencionalidad’ que agregan los actores, el resultado no puede ser otro que un espectáculo ideológicamente reiterativo y teatralmente sobreactuado, en el que lo sabemos casi todo a los pocos minutos de su inicio”.

Señalaba, además, el “contraste entre la orquestación de las canciones, la presencia de una prometedora máquina escénica luego apenas aprovechada y el tono de farsa revisteril impuesto a la actuación”. Sin embargo, pese a todas estas reservas, acababa afirmando que Parece cosa de brujas era “uno de los trabajos más necesarios de los que he visto últimamente”.

Ficha artística