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Oratorio,de Teatro Estudio Lebrijano


Breve historia

Los integrantes de Teatro Estudio Lebrijano estrenaron Oratorio sin imaginar las dimensiones que esta obra adquiriría con el transcurrir de los años.

El autor del texto, Alfonso Jiménez Romero, elaboró un poema en verso y en prosa que utilizaba muy distintas materias primas —incluidos clásicos griegos o referencias bíblicas—, para desarrollar, de manera tan emotiva como inteligente, un impactante alegato contra todas las guerras (incluida la de 1936 en España) en un momento en el que, además, los horrores de la de Vietnam estaban muy presentes en la mente de los espectadores.

Estaba estructurado en cuatro ceremonias: la rebelión individual inútil (Antígona), la muerte fratricida (Caín y Abel), los gritos de las víctimas (las Voces del Viento) y un grito final de esperanza.

La tarea que realizó esta compañía de estudiantes y trabajadores de forma colectiva fue transmitir ese mensaje a un público poco o nada familiarizado con el teatro. Descompusieron toda la estructura narrativa de la obra, extrajeron de las oraciones originales los aspectos más reivindicativos y llegaron así, con extrema eficacia, al espectador del momento.

Años después de su estreno, fue recordado por el crítico Demetrio. E. Brisset de la siguiente manera: “Se representaba en el suelo de un desnudo escenario rodeado por el público donde se creaba un ambiente fúnebre, levemente iluminado por velas y llamitas en cuencos de barro; las actrices vestidas de negro, los hombres de campesinos” (El Salto, 21-10-21).

En palabras de Alfonso Jiménez, recogidas por el propio crítico: “Era un oratorio sobre la guerra civil, convenientemente disimulado entre historias bíblicas por mor de la censura. Pero los símbolos estaban más claros que el agua y nadie se llamaba a engaño”. De hecho, cuando fue estrenado en Madrid, en el marco del II Festival Internacional de Teatro de 1971, el grupo fue sancionado con una multa 100.000 pesetas por hacer una alusión que fue considerada como ofensiva a la “Cruzada de Liberación Nacional”. Más aún: el grupo volvió a representarla en 1973, pero fue inmediatamente prohibida.

Todo ello estaba revestido de una liturgia muy personal, acompañada de la introducción del cante flamenco —nada habitual en un espectáculo teatral—, lo que aportaba al montaje un profundo lamento que potenciaba el impacto de la puesta en escena.

El resultado fue un trabajo único que no pasó inadvertido a la crítica: “El Oratorio lebrijano no admite un análisis teatral al uso. Es un espectáculo primitivo de fuerza incontenible, de tremenda belleza, de honda sinceridad; como un espejo en el que la humanidad entera debiera verse —incluso nuestra propia sociedad española— para cubrirse después la cabeza de ceniza. Aunque esto último, por desgracia no creo que ocurra”. (Elías Gómez Picazo, Madrid, 18-10-71).

Oratorio llevaba a escena a veinte intérpretes, entre hombres y mujeres, sin resaltar individualidades, en una obra que, en definitiva, fue un profundo alegato pacifista. El subtítulo con el que fue publicada por la revista Primer Acto en 1969 no dejaba lugar a la duda: “Oraciones a los países que destruyen al mundo con las guerras”. La obra obtuvo el prestigioso premio Delfín en Alicante en 1968.

Cuando Oratorio se estrenó en el Festival de Teatro de Nancy de 1971, constituyó un rotundo éxito que impulsó mucho más su difusión. La crítica no dejó de resaltar su relación con Apocalipsis cum figuris, de Jerzy Grotowski, así como con los rituales del cuerpo, con su potencial violento, del “teatro de la crueldad” que propugnaba Artaud.

Ficha artística