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Fe, esperanza y caridad, del Teatro de la Ribera


Breve historia

Cuando el Teatro de La Ribera estrenó Fe, esperanza y caridad, de Ödön von Horvath, en 1980, se enfrentaba por primera vez con un texto del expresionismo alemán. Previamente, sus montajes se habían acercado principalmente a autores aragoneses (Gil Novales, Labordeta, Anós-Laveaga), aunque también habían representado Historias de un jardín, de Wide, y Vanina Vanini, de Stendhal.

Fe, esperanza y caridad presenta, magníficamente descrita y diseccionada, la penetración de la ideología nazi en las mentes de las gentes sencillas, ese proceso que es imperceptible al principio, pero progresivo y constante más adelante.

Al igual que Brecht, Horvath vivió en primera persona la degradación progresiva de la vida diaria dentro de una sociedad que, sin ser muy consciente, iba asumiendo la falta de libertad. Los dos autores, de forma diferente, hicieron frente al fascismo. Brecht, desde el marxismo, y Horvath, desde sus postulados cristianos, marxistas y humanitarios, que se concretaron en posturas testimoniales contra el nacionalismo y el belicismo.

Horvath fijaba su mirada en la pequeña burguesía, reflejada en un lenguaje atrofiado, pleno de frases hechas y lugares comunes. Plasmar este lenguaje sobre el escenario fue, según Francisco Ortega (Pipirijaina, 15, jul./ago.-80), una de las claves del éxito del espectáculo. Como lo fue también la concepción y distribución del espacio escénico, debida a Pedro Rubio. Unas enormes planchas estrechaban y enjaulaban progresivamente al sinfín de personajes, héroes de ningún relato, que transitaban por la calle y en cuyas palabras se iba descubriendo el germen del fascismo. Un argumento mínimo, el abandono de su novia por parte de un militar porque advierte que esta puede perjudicar su carrera, y las gentes de su barrio servían para mostrar la miseria de unas vidas que se acercaban al abismo.

Según Ortega, el director del espectáculo, Mariano Anós, mostró una gran habilidad para hacer desfilar ante el espectador un gran número de personajes anónimos, pero diferentes, en una especie de danza macabra. En su crítica, señaló que, excepcionalmente, algún actor “chirriaba” en su modo de hacer, al acudir a algún cliché que no tenía sentido en este montaje.

En todo caso, subrayó que este poseía de una gran coherencia en todos sus elementos: en su estructuración en cuadros, que permitía analizar una época y un país de una manera sutil, en la utilización del espacio escénico, en el vestuario y en la banda sonora.

“Al igual que el autor en su texto, La Ribera ha sabido conjugar la tradición popular y la actualidad, todo enmarcado en unas coordenadas políticas adecuadas”, añadió.

Ficha artística