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Carlismo y música celestial, de El Lebrel Blanco


Breve historia

El Lebrel Blanco fue un grupo pamplonés nacido en 1972 con la intención de revisar la tradición cultural de su territorio, por lo que no es extraño que, en sus inicios, pusiera en escena dramaturgias basadas en cuentos populares.

Antes de estrenar Carlismo y música celestial, habían presentado El violín encantado, Juan Sinmiedo y otras obras para niños.

Con el estreno de Yerma, se inició la andadura del colectivo en el teatro de adultos, a la que siguieron El retablo del flautista, de Teixidor, y Nueve brindis por un rey, de Jaime Salón, 1789, sobre un espectáculo homónimo del Théâtre du Soleil, al que siguió Carlismo y música celestial.

Por iniciativa del grupo, en octubre de 1975 se abrió la sala El Pequeño Teatro, como sede de El Lebrel Blanco y espacio para otros grupos. Por ella, pasaron los principales colectivos de Teatro Independiente de España. Además, el grupo también colaboró en la creación de la Escuela Navarra de Teatro y del Teatro Estable de Navarra.

Carlismo y música celestial no es una historia del carlismo, ni menos un alegato en su favor o en su contra, decía Xavier Larrainzar en el programa de mano de la obra. En él, se comenta que el texto pretende sacar a la luz la doble silueta del carlismo desde sus orígenes hasta la Guerra Civil.

Se presenta en el montaje el enfrentamiento entre dos ideologías y no solo entre dos dinastías; entre el centralismo liberal cortoplacista y la defensa popular de los Fueros. Pero, a la vez, se ofrece una visión de ese otro carlismo que pretende defender sus propios intereses en una época de cambios y que, a la larga, será el que se impondrá y se enfrentará a un centralismo zarzuelero con sus ya estudiadas alternancias en el poder. Y, junto a ello, el silencio impotente del campesinado ante el caciquismo nacional y local. Termina el texto con la participación del carlismo en la guerra de 1936, con su creencia de que tal participación suena a la ‘música celestial’ a que alude el título.

Este trabajo, siguiendo a Larrainzar, no pretendía más que presentar de una forma desapasionada y poco respetuosa —y quizás, por ello mismo, incompleta y parcial— esa parte de la historia de España que es el carlismo.

El director, Valentín Redín explicó, también en el programa de mano, que Carlismo y música celestial era un teatro popular porque recogía los intereses del pueblo y porque servía de reflexión y entretenimiento al propio pueblo. El espectador individual era quien debería desmenuzar y juzgar lo que se le estaba presentando en el escenario.

“El Lebrel Blanco ha pretendido crear un divertimento lúdico sobre un tema que está ahí, candente, un divertimento festivo, porque el teatro ha de ser juego, fiesta”, afirmaba. Además, “hemos pretendido recoger los tratamientos teatrales y encajarlos en cada uno de los periodos, pero con un método deductivo, no apriorístico. Desgraciadamente, estos últimos 150 años dan abundantes posibilidades de multiplicidad de tratamientos. Esperpento bufo, realismo práctico, decimonónico, distanciamiento defendido por Brecht, teatro circo, comedia musical, incluso aquel tratamiento, tan español, utilizado en el género zarzuelero. La obra da juego y la mezcolanza sirve para sorprender más, si cabe, subrayando los pasajes que merecen ser tratados de forma diferente”.

En el montaje no se respetaron las tres unidades clásicas, porque, según el director, coartaban las posibilidades imaginativas de cualquier autor. Se utilizaron espacios polivalentes y las canciones son “culinarias”, pegadizas y útiles.

Aunque José Monleón (Triunfo, 26-11-77) alabó el protagonismo coral, la frescura de la interpretación y el extraordinario sentido de la comunicación de El Lebrel Blanco, se mostró poco conforme con el contenido ideológico. Pidió que no se confundiera el carlismo, de claro carácter regresivo, como lo demostró al alinearse con los golpistas en la Guerra del 36, con el foralismo de carácter popular.

En cambio, Pedro Barea (Pipirijaina, 5, nov.-1977), después de señalar el carácter no profesional que, a su juicio, tenía El Lebrel Blanco; la grandilocuencia “tamayesca” de sus intérpretes, y su lugar en la linde del Teatro Independiente, señalaba el importante papel que, a nivel local, desempeñaba el grupo, pues era lo más “off” que se podía ver en Navarra.

Por ello, su crítica de Carlismo y música celestial, aun reconociendo su imprecisión conceptual, resaltaba el lenguaje pleno de populismo y expresiones pintorescas navarras del montaje, la versatilidad estilística, el mérito de mover 50 personas sobre el escenario y la integración del autor —sacerdote y profesor— en el colectivo para dar a los intérpretes el tono y expresión que precisaban.

Ficha artística